01¿santos o estoicos?

La santificación del hombre implica un dominio del alma sobre el cuerpo, pero principalmente consiste en el dominio del Espíritu Santo sobre el hombre, en alma y cuerpo. 

Esta afirmación, fundamental en antropología cristiana y en espiritualidad, requiere algunas explicaciones de conceptos y palabras. La razón y la fe conocen que hay en el hombre una dualidad entre alma y cuerpo (soma y psique). No se trata del dualismo antropológico platónico en el que el hombre es el alma que preexiste al cuerpo. No es eso. 

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02 Llamados a ser santos

Vivimos en un momento concreto y con unos problemas concretos en nuestra sociedad, en nuestra Iglesia, en nuestra familia y en nuestro trabajo. Y se nos pide cambiar. Los cambios que Dios nos pide no son cambios estructurales o políticos o aparentes, sino cambios fruto del amor. Del deseo de ser fieles y de perseverar. 

Que no es dejar pasar el tiempo. Sino renovar en el tiempo la decisión que tomé. Y vivir de ella.

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03Jesucristo, vida verdadera

La vida, que el hombre persigue con una esperanza infatigable, un don sagrado en el que Dios hace brillar su misterio y su generosidad. Dios es el Dios “viviente”. Invocar «al Dios viviente» o presentarse como el «servidor del Dios viviente» es no sólo proclamar que el Dios de Israel es, sino también darle uno de los nombres que más estima.

La vida es cosa preciosa que aparece en las últimas etapas de la creación para coronarla. Pero la vida es cosa frágil. Todos los seres vivos, sin excluir al hombre, poseen la vida sólo a título precario. Están por naturaleza sujetos a la muerte. En efecto, esta vida depende de la respiración, es decir, de un soplo frágil, independiente de la voluntad y que una cosilla de nada es capaz de extinguir.

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04Podemos cambiar

Se comprende que el hombre carnal tenga mal carácter, ya que la modalidad concreta de un carácter proviene de distintas fuentes. En primer lugar, del temperamento que es algo psicosomático, poco modificable y además suele estar herido por malas tendencias. En segundo lugar, del ambiente condicionante, generalmente malo o mediocre, y que desde niño ha sido asimilado consciente o, la mayor parte de las veces, inconscientemente. En tercer lugar, de la historia personal del pecado de cada uno que ha dejado muchas huellas y señales tanto en el alma como en el cuerpo; y por último, de la historia personal de la gracia recibida que aún está en proceso de construcción o desarrollo. Según esto, la ascesis del carácter viene a coincidir con la del sentido y del espíritu; sin embargo, presenta algunos aspectos particulares que merece la pena señalar.

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05Dios nos mueve por dentro

Como decía san Agustín, “hay algunos que tanto ponderan y defienden la libertad que osan negar y hacer caso omiso de la gracia de Dios, mientras otros hay que cuando defienden la gracia de Dios, niegan la libertad” (ML 44,881). Toda la espiritualidad cristiana depende de cómo se entienda el binomio gracia y libertad, acción de Dios y colaboración del hombre. 

La libertad es la potestad del hombre sobre sus propios actos. Ciertamente que el grado de libertad está en proporción con el grado de conocimiento y de consentimiento de nuestra voluntad y que la ignorancia, la pasión, el miedo, o la violencia pueden disminuir o anular la libertad personal y, por tanto, la responsabilidad. 

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06El quietismo estéril

2. El quietismo estéril Todos tenemos conciencia de que somos libres y podemos elegir, pero también tenemos experiencia de que muchas veces nuestra libertad “no puede”, está enferma y termina eligiendo lo que no quería. 

Si Pelagio estaba convencido de la fuerza de la libertad humana hasta el punto de oscurecer la necesidad de la gracia, en Lutero sucedió lo contrario, predominó la conciencia de que la libertad es absolutamente inútil y que sólo la fe y la gracia puede salvarnos. La doctrina teológica de Lutero tiene unas profundas raíces biográficas en las que aquí no podemos extendernos. 

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07Necesitamos la gracia

Como hemos afirmado anteriormente, al considerar la relación de la gracia con la libertad es frecuente concebir la acción meritoria como el resultante de la suma de dos fuerzas distintas, la gracia y la libertad. Pero no son así las cosas, ya que Dios no crea únicamente las cosas sino que las conserva en su ser y en su obrar, de modo que Dios no sólo da al hombre su ser libre sino que también crea, conserva y sostiene su libertad. 

“El que seamos obedientes y humildes a la gracia es don de la gracia misma”, como declaró el II Concilio de Orange contra los semipelagianos, precisamente porque Dios actúa desde dentro del mismo acto libre, creándolo en tanto que libre y meritorio.

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